Sonaba el despertador, apenas eran
las siete y media de la mañana. Y para ella el día acababa de comenzar. No sabía
si levantarse o no, solo sabía que debía hacerlo que era otra obligación más
que tenia día a día. Y juraría que la que más le costaba cumplir. Una chica
dormilona, que cuando podía se refugiaba en su cama aunque no durmiera, era su
pequeño escondite en ese mundo inmenso que hay fuera de sus cuatro paredes
favoritas. Esas paredes que la han visto
llorar mil y una vez, y siempre la han guardado mil secretos. Esas mismas que
la han visto sonreír frente a la pantalla del móvil ante una sorpresa, esas que
la han visto cantar de alegría y de tristeza, esas que han vivido con ella mil
y una emociones a lo largo de su vida. Esas que en definitiva, han sido su gran apoyo
porque nunca la han fallado, eso no quiere decir que la gente la haya fallado
que algunas si pero otras no. Sus amigos, esos que con ellos ha compartido mil
momentos. Pero a ella la conocen por la compañía de dos chicas, una morena y
otra castaña, con ellas ha compartido mil momentos y ella no sería nada sin
ellas. Tiene vicios y numerosos, entre ellos el perfume de esa colonia que la
hacía diferente, pero que acabo odiando sin darse cuenta, ese olor a nicotina
que se quedaba impregnado en su piel, desde la primera calada hasta la última.
Esa manía de hacer fotos a todo lo que se mueve, la encanta la fotografía y
quien la conoce lo sabe. A ella con su cámara se la olvidan los problemas que puedan
surgir y si ya está acompañada el tiempo se la escapa entre las manos. Esa que
cuando llora se para a pensar el porqué, piensa el porqué de todo, aunque sea
lo más absurdo y lo mas mínimo. Sabe que hay lágrimas que valen la pena y otras
que no, pero a veces aunque no valgan la pena son necesarias soltarlas.
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